ESPAÑOLES EN LOS CAMPOS NAZIS

LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN Y EXTERMINIO NAZIS. Desde Guadalajara a Mauthausen


El último día de nuestra guerra para Julián Alonso, de Tartanedo, fue de los más activos desde que fue movilizado. Hacía dos semanas que venía retirándose junto a su unidad en la carretera que une Puigcerdá con Urgel. En ese momento, recibe la orden de impedir la infiltración de unidades franquistas desde la Sierra del Cadi. Para ello contaba con los restos de dos compañías.

MAUTHAUSEN: El Campo de los españoles


LA ESCALERA DE MAUTHAUSEN
Texto y Música: Antonio J. Romero

Que no hay flores en Mauthausen
que son pétalos de sangre
que se apagan en la nieve
o cuelgan de los alambres.

Amanecer es un sueño
y la noche, pesadilla,
que pone lunas eléctricas
al brillo de las heridas.

El sol es una mentira
piadosa entre tanta escarcha;
El frío es un uniforme,
el hambre insignia y mortaja.

Todo es ceniza: la luz,
el aire, los pensamientos,
y el cielo, un borrón de nombres
confundidos por el fuego.

Escalera de tu suerte,
Peldaños del sufrimiento,
para subir a la muerte,
para bajar al infierno.

Al igual que multitud de pequeños destacamentos, su misión es vital para desplazar el resto de las unidades hacia la frontera y salvar así la mayor cantidad posible de unidades del GERO. En estos momentos se lucha sin cuartel, no se toman prisioneros por parte de ningún bando. La subida a estas sierras era durísima, en un paisaje todo salvaje, solitario, nevado sin medios de comunicación. La mayoría de estos destacamentos murieron en sus posiciones, aunque no siempre por heridas de bala, sino por congelación. Muchos se sentían aislados, y en verdad lo estaban.

Presos españoles en el campo de Mauthausen

La unidad de Julián, fue desbordada, y tuvo la suerte de saberlo y poder combatir para evitar quedar cercada. Decimos suerte, pues eso les permitió reaccionar a tiempo, y tras dejar todos los pertrechos prescindibles, retirarse ellos mismos hacia la frontera.

Los pies mojados de superar arroyos y de andar por la nieve, el frío reinante en el mes de febrero en la zona, la noche iluminada con las hogueras de las tropas de Franco en las alturas, que invitan a rendirse aún a sabiendas de lo que te espera. Eran las noches los momentos más propicios para moverse, evitaba la congelación y los fascistas, en la seguridad de la victoria no se movían de sus campamentos, por lo que las rutas estaban abiertas. Pero no era un movimiento libre, la frontera estaba a unos 15 km de distancia y la marcha saltando vallas de piedra y combatiendo el miedo lastraba los pies. El enemigo había tomado posiciones a lo largo de la frontera, pero como decimos, el frío era, en este momento un aliado, ya que las hogueras se distinguían claramente y al estar muy separadas unas de otras muchas unidades se pudieron filtrar entre las mismas.

A lo lejos los pueblos tenían luces encendidas y eso tenía que ser Francia. Como un faro que guía en la noche a los buques, los refugiados se dejaban guiar hacia esas luces, que parecían alejarse en la misma proporción a lo avanzado por nuestros hombres y mujeres.

De todas formas, todo camino concluye y un amanecer cualquiera de ese mes de febrero, los refugiados se ven detenidos por unidades de la Gendarmería francesa. Agrupados en zonas de fácil control, a muchos se les ofrece la posibilidad de volver a España, ya que las nuevas autoridades han aceptado a todos los que no tengan delitos de sangre. Muchos de los refugiados vuelven. Ya conocemos lo que les pasó a la mayoría.

Cuando el grupo de refugiados es suficientemente numeroso, se les ordena formar coger los trastos que tengan y marchar, siempre marchar bajo los gritos de ALLEZ, ALLEZ. Las nuevas zonas de reagrupamiento se encontraba a más de 25 km, que había que hacer a pie.

Al terminar cada jornada los hacían formar mientras los contaban. Eso hacía que muchos cayeran desmayados. Fueron encerrados en pajares y edificios en ruina, pero por lo menos a cubierto después de muchos días sin tener un techo bajo en que cobijarse. También es posible que las autoridades francesas no supieran donde meter a tanta gente. Tengamos en cuenta que entre enero y marzo cruzaron la frontera casi 500.000 personas.

De todas formas, unos días después, los prisioneros marchan en tren, en camión, a pie hasta los nuevos campos de concentración: Vernet, Judes, Septfonds, etc... Son miles las personas encerradas en estos campos, sin letrinas, ni servicios médicos. Todo está por hacer.

Los mismos prisioneros fueron los constructores de sus barracas

Los españoles construyen sus propias barracas y poco a poco van organizando la vida en el campo. Los franceses llegan a la puerta del campo a vender sus mercancías, pero hay muy poco dinero y sólo algunas cosas se pueden cambiar por los bienes que algunos aún tienen, como relojes, plumas, etc...

A pesar de la organización, se pasa hambre en los campos. La comida es insuficiente y en muchos casos se basa exclusivamente en arroz, un pan para varios prisioneros y una sardina. Hubo muchos muertos a causa de las privaciones pasadas y presentes y por supuesto a causa de las secuelas de la guerra, que no podían ser tratadas.

Muertos españoles en los campos de concentración franceses

Los franceses de los alrededores de los campos se acercan a pedir mano de obra barata, y los españoles, que así tienen una posibilidad de salir de los mismos se apuntan a trabajar para ellos. Otros reciben la visita de amigos o familiares de exilios anteriores, que ya están situados en las ciudades francesas, con trabajo, y son invitados a salir del campo para reunirse con ellos. Pero la mayoría de las veces la única comunicación de los refugiados con las autoridades del campo pasa por escuchar por medio de altavoces mensajes ara que abandonen de forma voluntaria Francia y vuelvan a sus hogares en España, bajo la promesa de ser tratados justamente.

Los jóvenes tienen la firme decisión de no volver a España mientras el gobierno de Franco siga en el poder; los casados y con hijos en nuestro país, tienen más difícil resistirse, saben que sus seres queridos les necesitan y muchos se arriesgan a volver. Son estos últimos a los que mejor tratan los franceses. Les dan comida para el viaje, algo de dinero y de ropa. Lo hacen para fomentar la salida de los demás refugiados.

Cuando los franceses veían que no regresaban un número suficiente de refugiados lanzaban campañas para su alistamiento en la Legión Extrajera francesa, ya que nadie dudaba de la proximidad de la guerra mundial que se avecinaba. También los representantes del gobierno republicano en el exilio, venían a los campos para hacer unas ficha donde indicar a que países nos gustaría emigrar: México, Estados Unidos, Colombia, Cuba, etc...

Las sociedades caritativas, como los cuáqueros, entregaban ropa, comida y útiles de limpieza a los refugiados, que ven pasar el tiempo sin nada que hacer y sin que la situación mejore.

La situación de nuestros hombres y mujeres se complican con el pacto de no agresión germano-soviético, que va a hundir en la incomprensión a los refugiados comunistas. En este ambiente de encierro, las discusiones, las acusaciones de traición y las peleas son frecuentes. El 1 de septiembre de 1939, el ejército alemán invade Polonia y dos días después Francia declara la guerra a Alemania.

A partir de este momento las presiones de las autoridades francesas cambian: se sigue pidiendo voluntarios para la Legión Extrajera, pero ahora además se intenta forzar la situación para enrolar a los españoles en las Compañías Militarizadas de Trabajo, que están por toda Francia. Muchos son los voluntarios que ven en esta posibilidad la forma de salir de los campos y de volver a luchar contra el fascismo.

Estos trabajadores militarizados tienen por misión fortificar la frontera, ayudar en la ampliación de la línea Maginot, en preparar campos de aviación, búnkeres, cuarteles y campamentos. Se come mejor que en los campos y se recibe algo de dinero, pero todavía no había suficiente alimentos para los españoles.

El 1 de septiembre de 1939 comienza la guerra mundial. Alemania invade rápidamente Polonia, mientras Francia se limita a fortificarse, sin cumplir sus compromisos con la aliada polaca. Poco después el ejército alemán, tras tragarse a Polonia avanza en el frente occidental e invade Bélgica y Holanda. Las cosas se ponen mal para Francia y hay que recordar que nuestros hombres y mujeres están fortificando la primera línea del frente. El día 15 hubo mucha actividad en el frente, la aviación nazi ametralla y bombardea a las unidades francesas. La invasión de Francia ha comenzado.

Para el 10 de junio los alemanes conquistan Rouen, y las unidades francesas, junto a las Compañías militarizadas de trabajo, se retiran en una larga marcha de 300 km que duró 15 días. Los alemanes rodean a todas estas unidades francesas y las capturan. Los españoles tienen la suerte, de que aunque civiles militarizados en compañías de trabajo, llevan una especie de uniforme para realizar sus tareas, por lo son capturados como si fueran prisioneros de guerra, y tratados con severidad pero de forma humanitaria por las tropas de la Werhmarcht.

Los prisioneros de guerra son utilizados en pequeños trabajos en las unidades alemanas, incluida la Intendencia. Allí los españoles aprovechan su trabajo para mejorar la dieta de los que son menos afortunados y trabajan en otros sectores menos cómodos.

Casi todos los días había que hacer ejercicios militares, bajo la instrucción de suboficiales alemanes. Los prisioneros ingleses lo hacían a la perfección; los franceses a regañadientes y los españoles a la fuerza. Se formaba y se marcaba el paso, se desfilaba y se hacía gimnasia.

Con el armisticio firmado por Francia, terminaba en este país la guerra y empezaba la ocupación militar de gran parte del territorio continental. En la otra zona se instalaba un gobierno colaboracionista cuya capital se instala en Vichy, bajo la presidencia del Mariscal Petain, amigo personal de Franco y antiguo embajador de Francia en el gobierno de Burgos.

La suerte de los españoles empieza a empeorar y poco después lo hará más tras la entrevista de Serrano Suñer con Hitler y Himmler, que retiró la nacionalidad española a los republicanos y republicanas en Francia, lo que les convirtió en apátridas que ya no eran prisioneros de guerra, sino carne de campo de exterminio nazi.

El campo de Mauthausen

Foto aérea del campo de exterminio de Mauthausen

El 7 de agosto de 1938, prisioneros del campo de concentración de Dachau fueron enviados al pueblo de Mauthausen, cerca de Linz, Austria, para empezar la construcción de un nuevo campo. El lugar fue escogido por su proximidad a la red de transportes de Linz, pero también porque era un área escasamente poblada. Aunque el campo estaba controlado por el Estado alemán desde el principio, fue fundado por una compañía privada como una empresa económica. El propietario de la cantera Wienergraben (la arbacherBruch, y canteras Bettelberg), que estaba por todo Mauthausen, era na compañía DEST: acrónimo de Deutsche Erd- und Steinwerke GmbH. La compañía, dirigida por Oswald Pohl, que también era un oficial de alto rango de las SS, compró las canteras desde la ciudad de Viena y empezó la construcción del campo de Mauthausen. Un año después, la compañía ordenó construir el primer campo en Gusen. El granito extraído de las canteras había sido utilizado previamente para pavimentar las calles de Viena, pero las autoridades nazis planearon una completa reconstrucción de las principales ciudades de Alemania, de acuerdo con los planes de Albert Speer y otros arquitectos de la arquitectura nazi, para la que se precisaban grandes cantidades de granito.

El dinero necesario para la construcción del campo de Mauthausen fue reunido de diversas fuentes, incluyendo préstamos comerciales del Dresdner Bank, del banco de Praga Escompte Bank, del fondo Reinhardt (que era el dinero robado a los presos en otros campos de concentración) y de la Cruz Roja alemana.

Mauthausen sirvió en un principio como un campo de prisioneros para criminales comunes, prostitutas y otros "Criminales Incorregibles". El 8 de mayo de 1939 se convirtió en un campo de trabajo utilizado principalmente para el encarcelamiento de prisioneros políticos.

KL Gusen

A finales de 1939, el campo de Mauthausen, con su mina de granito de Wiener- Graben, estaba ya saturado de prisioneros. Su número había crecido de 1.080 a finales de 1938 a 3.000 un año después. Sobre esa época empezó a construirse un nuevo campo en Gusen, a unos 4,5 km de distancia. El nuevo campo (más tarde llamado Gusen I) y su cantera Kastenhofen fueron acabados en mayo de 1940. Los primeros prisioneros fueron trasladados a las dos primeras cabañas (números 7 y 8) el 17 de abril de 1940, mientras que el rimer transporte de prisioneros (la mayoría de los campos de Dachau y Sachsenhausen) llegaron el 25 de mayo del mismo año.

Cuerpos de prisioneros abandonados junto a uno de los muros del campo

Al igual que el cercano Mauthausen, el campo de Gusen utilizaba a los prisioneros como esclavos en las canteras de granito, pero también los alquilaba a varios negocios locales. En octubre de 1941, algunas cabañas fueron separadas del subcampo de Gusen con alambre de espino y se convirtieron en un Campo de Trabajo de Prisioneros de Guerra aparte. Este ampo albergaba un gran número de prisioneros de guerra, la mayor parte oficiales soviéticos. En 1942, la capacidad de producción de Mauthausen y Gusen había llegado a su límite. Gusen fue ampliado para incluir al depósito central de las SS, en el que numerosos bienes robados de los territorios ocupados eran almacenados y luego enviados a Alemania. Las canteras y negocios locales necesitaban constantemente más mano de obra mientras más y más alemanes se alistaban en la Wehrmacht.

En marzo de 1944, el antiguo depósito de las SS fue convertido en un nuevo subcampo, llamado Gusen II. Hasta el final de la guerra el depósito fue un campo de concentración improvisado. El campo tenía de 12.000 a 17.000 presos, privados de las necesidades más básicas. En diciembre de 1944, se puso en funcionamiento otra parte de Gusen en la cercana Lungitz. En este lugar, partes de una infraestructura de una fábrica fueron convertidas en un tercer subcampo de Gusen, Gusen III. El aumento del número de subcampos no podía absorber al incipiente número de presos, que llevó a la superpoblación en todas las cabañas de todos los subcampons de Mauthausen-Gusen. De finales de 1940 a 1944, el número de presos por cama ascendió de 2 a 4.

Mauthausen, el campo de los españoles
En agosto de 1940 llegaron al campo de concentración 397 presos españoles, primera tanda de los 7.300 inscritos en el campo hasta 1945. Estos españoles procedían de Francia.

Formaban parte del medio millón de republicanos que cruzaron la frontera en los últimos meses de la guerra civil, tras la caída de Cataluña. En Francia, fueron internados en campos de concentración distribuidos por el sur de país: el Campo de Argelès-sur-Mer, el Campo de Le Vernet d'Ariège, Barcarès y Septfonds. Al inicio de la Segunda Guerra Mundial, muchos de ellos fueron enviados al frente con uniforme francés —en las filas de la Legión Extranjera o en escuadrones de choque—, o integrados en Compañías de Trabajadores Extranjeros. La mayor parte de éstos acabaron capturados por los alemanes en los primeros momentos de la invasión de Francia (mayo–junio de 1940).

Los hornos del infierno de Mauthausen

Tras un paso por los campos de prisioneros de guerra (Stalags) fueron enviados a Mauthausen, donde integraron el grueso del contingente español. Requerido por las autoridades alemanas para determinar el destino de los prisioneros, el Gobierno de Franco replicó que no existían españoles allende las fronteras; de ahí que los republicanos de Mauthausen llevaran el triángulo azul de los apátridas, con una S —de Spanier— en el centro.

En una segunda fase (después de 1943) los republicanos españoles que llegaban a Mauthausen eran personas detenidas por su actividad en la resistencia francesa. En total, alrededor de 35.000 españoles participaron en la guerra mundial junto a los aliados: cerca de 10.000 acabaron en los campos de Concentración alemanes.

Mauthausen pronto comenzó a ser conocido entre los deportados como «El campo de los españoles». Aunque los primeros barracones se remontan a 1938, fueron albañiles españoles quienes construyeron Mauthausen. De ahí que un superviviente francés haya llegado a afirmar que «cada piedra de Mauthausen representa la vida de un español». La mayoría de los españoles llegó al campo a partir del Armisticio francés, entre la segunda mitad de 1940 y el año 1941. Muchos fallecieron entre 1941 y 1942; por ejemplo, en septiembre y octubre de 1941 una gran parte de los muertos de Gusen —un Kommando o campo auxiliar destinado al exterminio de los presos más débiles— fueron españoles.

El eje de la vida en Mauthausen era la cantera de granito, en la cual trabajaban los prisioneros hasta su muerte por extenuación. Una escalera de 186 peldaños separaba la cantera de los barracones. Los deportados debían subirla diez o doce veces por día, cargados con grandes piedras a la espalda, mientras los kapos —prisioneros que ejercían como capataces— les empujaban, zancadilleaban y golpeaban con bastones. Cuando falleció el primer español, el 26 de agosto de 1940, sus compatriotas, ante la sorpresa de los verdugos, guardaron un minuto de silencio, situación que se repetiría en numerosas ocasiones. Con el paso del tiempo, algunos españoles pasaron a desempeñar trabajos especializados: albañiles, peluqueros, administrativos, sastres, intérpretes o fotógrafos, pues tenían más posibilidades de sobrevivir que los trabajadores de la cantera. También podían acceder a más información y disponer de más autonomía para sostener la organización clandestina republicana que funcionaba desde mediados de 1941.

La escalera de Mauthausen

La labor de la organización española fue crucial, porque cuando en 1942 comenzaron a llegar deportados procedentes de la resistencia francesa y del frente ruso, los españoles eran los veteranos del campo, expertos estrategas en la lucha por la supervivencia, dispuestos a transmitir sus conocimientos a los recién llegados. Por otra parte, al desempeñar diversas actividades en la gestión de Mauthausen, podían ayudar a otros prisioneros. Los españoles que cuidaban la sala de duchas —por poner uno entre otros muchos ejemplos— salvaron la vida a más de un compañero cuando los nazis llevaron a cabo allí ejecuciones masivas mediante la inmersión de grupos de prisioneros durante horas y horas en naves repletas de agua helada hasta la altura de la cintura. La organización clandestina española, además, repartía medicinas robadas de la enfermería y redistribuía la escasa comida que llegaba a los presos, con el fin de asignar más alimentos a los débiles y enfermos.

Españoles tras la liberación del campo

Sin embargo, el recuerdo más vivo en la memoria de los supervivientes de otros países, sobre todo de los franceses, al hablar del Campo de Mauthausen, es la fe española en la derrota del nazismo, incluso en los peores momentos de la guerra. Quizá porque los republicanos españoles llevaban luchando contra la Alemania nazi y sus socios desde el inicio de la Guerra Civil Española, en 1936. «Una victoria más», explicó en una ocasión un superviviente francés, era la frase que pronunciaban los presos españoles cada vez que llegaban al último de los 186 peldaños de la escalera de la cantera. Convencidos de la victoria aliada, los republicanos decidieron conservar pruebas de la barbarie, para el posterior juicio a los verdugos. Así, por ejemplo, Francisco Boix, fotógrafo del campo, hizo copia de todas las fotos que pasaron por sus manos y logró esconderlas hasta el final de la guerra. Gracias a ellas, Boix pudo probar durante los juicios de Núremberg la presencia de los jerarcas Albert Speer y Ernst Kaltenbrunner en Mauthausen y demoler así su alegato de que desconocían los campos de exterminio.

Un cartel en español saluda a las tropas de liberación en 1945

Cuando el Ejército norteamericano entró en Mauthausen, el 5 de mayo de 1945, banderas republicanas habían sustituido a las banderas nazis y la puerta del campo estaba cubierta por una gran pancarta en la que se podía leer: «Los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras». La liberación del campo, sin embargo, no significó para los republicanos el final de la guerra comenzada en 1936. Muchos no pudieron volver a la España del franquismo, aliada ideológica de los nazis que habían combatido en Mauthausen, y habrían de encontrar asilo en otros países, sobre todo en Francia.



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